Lunes por la tarde, nos reunimos, nos encontramos, nos confrontamos de nuevo. Había pasado casi un mes desde que no los veía cara a cara. Cebe unos mates mientras miraba a mis acompañantes de siempre, aquella mujer por primera vez se veía desconcertada, como aterrada de haber perdido su imponente presencia de la noche a la mañana, el delineador corrido casi como si hubiera estado llorando… Imposible, esa mujer no flaqueaba, seguramente se trataba de alguna resaca, pensé. El viejo estaba igual, quizás algo más pálido, sonreía con amargura, como resignado a aquella vida de ceder constantemente.
El silencio era morboso, nunca habíamos estado tan callados, era casi ensordecedor, figuradamente claro está, nadie se atrevía a hablar. Era la incertidumbre. Ninguno sabía qué diablos era lo que pasaba, estábamos adentrandonos en terreno desconocido. Intenté iniciar el debate usual pero las palabras rehuían, no había nada que discutir si las cartas ya estaban repartidas.
El viejo me tomo la mano y me sonrió, como consolándose.
Ella, aburrida, hizo una mueca de asco. Se sentía traicionada por el azar, por primera vez se había equivocado, por primera vez le afectaba que nadie en aquella junta estuviera de acuerdo con su pronóstico. Sin embargo seguía firme; no iba a admitir una deducción errónea ni aunque todo le demostrara lo contrario. Iba a esperar que esas cosas del destino, le devolvieran lo que era suyo por correspondencia, la razón, confiaba en que tarde o temprano se iba a cometer ese error una vez más. Me dedicó una mirada neurótica acompañando unas palabras de desaliento que rompieron aquel clima tan desagradable, solo para empeorarlo un poco más, típico de ella. Como intentando destruirme con veracidad, me remarcó una verdad que sabía era innegable, haciéndome recordar. Sin duda, sabía cómo herirme, siempre tan baja. Muchas veces me preguntaba qué es lo que hacía ella aquí, si solo lastimaba ¿En qué nos beneficiaba? Y al instante reconocía que ella era la cruda verdad, la que nos acercaba a la realidad con violencia, si cortaba era para evitar alguna que otra intervención mayor, no se guiaba por sentimientos sino por mera frialdad y planeamiento, no sufría más que por sí misma, era un escudo al exterior, intocable.
No supe que decirle. El viejo comenzó a reírse a carcajadas: -No creí vivir para ver esto- me dijo, parecía verdaderamente divertido: -La mujer de hielo tiene miedo-. La otra se horrorizó al oír esas palabras y le contestó: -¿Tan anciano estas que deliras?- Me pregunté entonces si es que el viejo tenía razón.
-No tiene nada de malo temer, si eras tan solo una niña en un juego que se le fue de las manos-. Ella lo empezó a insultar enfurecida, la había provocado, había dudado de su reputación, luego se levantó y se marchó enfurecida.
“¿Aquel glaciar se derretía?”- me cuestioné. Èl sonreía satisfecho, hacía mucho que no lo veía hablando con tanta sabiduría.