viernes, 22 de octubre de 2010



En búsqueda de una salida, corrí a la puerta, estaba cerrada con llave como era de suponerse. Ahora ¿En dónde estaba la maldita llave? Yo misma la había escondido ¿Cómo es que no podía recordarlo? No podía o no quería… Más bien la segunda. Si aquella habitación se estaba sobrepoblando tanto ¿Por qué insistía en quedarme? Sin duda, la inmensidad del afuera era más interesante, intrigante, mortífero e inestable, atrayente… Pero me había acostumbrado a la insulsa comodidad, a la seguridad incierta que, de vez en cuando, era reconfortante.
Pequeñas niñas jugaban y reían a carcajadas siniestras alrededor del diminuto cuarto ¿Qué era lo que les causaba tanta gracia? Si casi no se podía respirar.
Miré de reojo a la única que reconocí había llegado primero. Sonreía soberbia. Con los ojos abiertos yacía pálida e inmóvil en su trono inventado, como indiferente a lo que había sucedido, estaba muerta. Y seguía yo.

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