Ah cierto, me desalojaron... Tras meses y meses de luchar extralimitadamente para poder pagar la renta, una vez más me vi obligada a mudarme. Si, otra vez. Y en el fondo sabía que intentar reunir la suma que debía era prácticamente imposible pero de no intentarlo perdería la cordura, aunque fuese una misión tan insensata. Sinceramente, no creí poder resistirlo de nuevo... Abandonar ese lugar, me era inconcebible en aquel tiempo pero finalmente se volvio inevitable, esa casa ya no era mi hogar y ya no era bienvenida allí.
La mudanza fue, digamos bipolar. Comenzó con vagas expectativas, con desgana y algunos restos de esperanza de que el casero se apiadara de mí al verme tan suceptible. Una idea indigna e idiota. Cuando me dispuse, empacar mis pertenencias en cajas fue más fácil de lo que preveí, esta vez me resultó rápido y práctico, una experiencia increiblemente liberadora a diferencia de las últimas veces. Tal vez ya me había acostumbrado. Con la misma dispocisión, me deshice de algunos elementos indeseosos que sin duda no quería seguir cargando conmigo, se trataba de chucherías nostálgicas e inútiles que solo aumentarían la carga. Sin duda, había aprendido de mis últimas mudanzas.
Mire la habitación vacia, sin duda había perdido el encanto. Inclusó, satisfecha, llegué a pensar que aquel cuartucho nunca habia sido nada encantador sino hasta que yo lo había redecorado y personalizado. Sin todo aquello, era una habitación bastante... horrible.
Salí a la calle esperando encontrar un sol resplandeciente y aves cantando melodiosas, la realidad es que aquella tarde hacía un frío espantoso y el viento era ensordecedor. Pero no me importaba, para mi aquel día era subjetivamente perfecto, así me sentí, no desamparada ni sin hogar sino libre de elegir a donde vivir, una vez más.