Y si le preguntarán, mentiría descarada, orgullosa. Y a decir verdad, aquella mentira le sentaba bien, aquel aire de misteriosa engañadora le calzaba mejor que cualquiera de sus otras reputaciones, todas falsas como su propia identidad, la que se había creado y creído para no caer en sus propias falacias. Es que se había tragado a la fuerza sus propios cuentos; el sabor amargo del dolor, la dicha de reír escandalosa y aquellas peleas violentas propias de los viciosos eran rutina repetitiva y el gris en su vida, cuyos verdaderos colores eran un enigma indescifrable. La salida hacía si misma se veía lejana e inalcanzable, toda una odisea para volver a ser una mujer que aún desconocía y con inexactitud podría afirmar no moría por conocer. Sin embargo, por las noches más pecaminosas la asaltaba una mortífera incertidumbre que con frecuencia prefería confundir con sentimientos desencontrados, los cuales identificaba con la misma pasión con la que pretendía llenar su incompleta vida, llena de tentaciones y aventuras, carente de verdaderas sensaciones. Tal vez era hora de volver a casa, a veces se lo cuestionaba… Aún así todo sonaba a sueños imposibles, ya que desde un principio arrancó aquellas raíces con seguridad, la cual se derrumbó abruptamente cuando se vio a la deriva.
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